The Saint
Hoy no quiero salir de mi cama. No quiero hacer absolutamente nada y menos salir de mi cama. ¿Para qué? ¿Para descubrir que no soy nadie y que afuera el ser humano ya no existe? ¿Para darme cuenta de que ésta es la dura realidad y que por más que intente huir de ella me va a hallar? ¿Para qué? Lo único que me interesa saber es para qué sirve todo mi esfuerzo, toda mi pena, todo mi amor, todo mi odio. Si al final nadie va a llorar por mí, si al final sólo yo lloraré por mí. Pero no por miedo, tristeza, desesperación o felicidad, lloraré por pena. Piedad de mí misma. El árbol de los sueños acaba de morir dentro de mí, y no me consultó su decisión.
Quiero regresar a ese país de niñez donde todo era imaginación. Sí, eso decían los demás. Quiero desplegar mis brazos y abrir mis alas, mirar el paisaje por mi ventana y saltar hacia el abismo, saltar y estrellar mi cabeza contra el pavimento y que mis vísceras queden esparcidas por la acera. Y una vez muerta, mientras mi alma me abandona y hecha yo un espíritu, matarte y después asesinaré a todos los seres humanos que caminen sobre este planeta. Luego, quizá, vuele entre las nubes y el espacio fingiendo que soy una mariposa que se escabulló de un pequeño capullo de seda y, mágicamente, brotaron alas de su cuerpo.
Mi cama es hermosa. Y todo se refleja en su techo que no es tan común como cualquier otro por que es el mío y solía estar sostenido por el árbol de los sueños. El árbol de los sueños está muerto y mi cuerpo no lo puede soportar, sobre él cae un compromiso demasiado pesado para cargar en su espalda. Mi columna vertebral podría quebrarse y yo quedaría en estado vegetativo eternamente o podría morir y viajar a ese mundo que ningún libro puede contar. O quizás se rompa mi piel y revele que siempre he tenido alas cuando ellas se eleven. Volveré a ser el Arcángel que alguna vez pude haber sido, o quizá tan solo un ángel común y corriente. No, mejor un ángel revolucionario, un ángel caído, un ángel agotado, un ángel que no soportó la caída del árbol de los sueños. El asesinato del árbol de los sueños, el regicidio, el parricidio, el homicidio, el crimen contra el árbol. Pero, ¿Nadie va a juzgar al culpable?¿Nadie va a hacerle a ellos lo que nos hicieron a nosotros?¿Y la cámara de gas, la silla eléctrica, la hoguera?¿Acaso ellos no merecen la muerte por tal profano de los sueños?¿Y ahora cómo voy a ser la princesa de Escocia en un castillo alejado de la población que relega el reino de Dios?¿Y ahora cómo voy a convencerme que durante todos mis viajes a través del mundo en busca de aventuras, la persona que amo me espera, así como lo creía un curioso caballero andante?¿O imaginarme que la salvación es real, no solo un invento de mi cabeza?¿Puedo al menos quedarme con mi sueño ese que tuve hoy, donde la gente liberaba a dinosaurios mortales y uno de ellos me protegía?¿Será el mismo en el que una voz me habló de vos y fui a buscarte al baño de hombres para desgarrar nuestros cuerpos?¿Sabrás alguna vez que me rechazaste por que creías que no te buscaba a vos, si no a cualquiera? Y después de verme rechazar a ese individuo tan pulcro y acomodado, advertiste que no te mentía, que eras vos a quien quería. Entonces nos devoramos lentamente, piel con piel y supe que esa era tu primera vez. ¿Existirá alguna vez aquella historia en la que te salvé del envenenamiento de tu alma que era producido por unos caramelos que tu onírico abuelo te daba? ¿Y estas lágrimas a qué se deben? No las necesito, ¡aléjense de mí! Profanadoras del destino, divas de las penas, traidoras del reino humano… siempre tan humanas…
Todo lo que creí mío ahora sé que nunca lo fue, no me pertenece ni este cuerpo con todas sus extremidades, ni los entes que poseo. Porque mi organismo es el envase que pedí prestado para peregrinar por este mundo de lánguidos y víctimas. Eso es lo que soy, tan solo un recipiente que contiene la nada y el todo dentro de sí. Pero entonces, ¿De donde surgen estas voces que no consigo parar de cavilar, esa voz familiar dentro de mí que me dice cómo debo sentirme? Pero ella no conoce cómo me siento, ella me vulnera y se beneficia de mi subordinación, de mi sometimiento hacia ella. La desprecio. Y lo más bajo de todo esto es que ella nunca está cuando la solicito pero alguien siempre la tiene que nombrar para recordarme que nunca va a corresponderme. Ella es tan pura y todos la manipulan, ella se deja conquistar, se deja despojar. Una vez descompuso mi mente y ya no la pude abandonar. A veces regreso hacia atrás y especulo con que hubiese sucedido si me hubiese negado a su pedido, pero no lo puedo remediar. Aun así, no me arrepiento de nada ni nadie que fue. La olfateo en todos lados, esa fragancia a dignidad, ese sabor a obediencia y ese instinto que me incita a elevarme. Una vez recapacité y concluí en renunciar a ella, pero lo rectifiqué, “Te extraño” le proclamé. Me dijo que ella pensaba en mí en cada fracción que el tiempo le proporcionaba, pero yo sé que es lo mismo si soy yo o cualquier otra persona. Ella es mi componente, mi acelerador, mi toxina, mi anfetamina, mi narcótico. Y todos saben que mi instinto no alcanza para ocultar la destemplanza que ella estimula. Pretendo tenerla dentro de mí, que sufra en mí, que sangre, que absorba mi aire, que consuma mi mente y mis sueños inmortalice. Pero ella nunca está cuando la necesito, ella no me quiere como yo a ella. No creo poder sobrellevar el hecho de no conseguir amarla, pero sé que de algún modo la voy a perfeccionar.
Pero no podría perfeccionar algo que no fue hecho para ser perfecto y sólo fue hecho para que uno se sienta incompleto cada vez que la conciencia pide algo que no le podemos proporcionar, ni podríamos intentarlo, porque sabemos que cada una de nuestras acciones nos llevará por caminos diferentes que conducen al mismo lugar donde sólo reina la muerte.
Prólogo
Cuando emprendí este insípido manuscrito no gozaba de numerosos prototipos porque todos me habían sido arrebatados; tampoco tenía nada que me mantuviese por dentro cuando el resto de mí había colapsado, porque me forzaron a creer que era demasiado joven para advertir los vuelcos de la vida; ni siquiera conservaba esa voluntad de musa inspiradora que cualquier individuo con sólo una neta expresión puede hacer brotar en mí. No. Estaba íntegramente vacía, hastiada de la censura de esta existencia, del martirio de lo eterno que pareciera jamás cesar y de repente, de un día para el otro se esfuma y uno no sabe ya como actuar sin esa rutina exasperante y agobiante que unos halagan como si fuese su única savia. Pero ellos todavía no se dieron por enterado que la auténtica savia es la que uno posee dentro de sí mismo, no la creada por el régimen decadente que nos obligan a cargar. Lo único que tenía dentro de mí cuando comencé a garabatear era esa pasión por el lenguaje, y no hablo del idioma, sino de la imprecisa gesticulación que no puede ser reemplazada ni por un millón de palabras colocadas en el lugar exacto, o ese gesto en código que pareciera no tener ningún sentido pero que dice demasiadas cosas como para lograr decodificarlo. Sé que siempre reprimí ese ímpetu al platicar con todos aquellos que intentaban sacarme unas palabras o preguntaban cómo me sentía o qué pensaba, pero esa es otra razón por la que hoy estoy acá, escribiendo estas palabras que son el prefacio de algo que no sé siquiera si voy a trazar o sólo es otro sueño de libertad.
Durante este ciclo me acontecieron descomunales sucesos; amé demasiado, perdoné demasiado, ofrecí demasiado, confesé demasiado, deliré demasiado, sucumbí demasiado. Deserté de la persona que más amé en mi vida por lo que pensé que podría ser su felicidad, que jamás logré saber (y todavía no lo sé) cuál es. Manipulé mis emociones a mi antojo creyendo poder traicionarme si me sentenciaba una voz dentro de mí tan familiar como la propia. Creí poder volar sin alas y una vez que las obtuve ya no las precisé más, porque descubrí que el ser humano no fue hecho para volar pero si para envidiar el vuelo de los pájaros. Creí ser yo más que nunca en mi vida pero ahora advierto que eso es otra falsedad que se anexa a todas las de esta existencia sin nombre, sin facciones, sin esencia.
Esa piel cristalina que da la fragancia que todos desconocen y ese pensamiento posándose en mi mente; sólo podrías comprenderme si en verdad interpretaras aquella frase que es la base de todo lo que hago y me rodea. Pero no deberías saber lo que pienso, jamás lo entenderías ni a tu manera, ni a la mía. Tampoco deberías leer lo que escribo, es una forma de camuflar mi pensamiento; sólo alguien como el yo que nadie conoce y se oculta entre mis manos para protegerse del resto de las personas podría descifrar este esquema.
Un esquema de muerte, de silencio, de calma aterradora, donde todo se basa en lo que podría haber sido si no fuese lo que es hoy, lo que pudimos haber hecho, lo que hubiera pasado, lo que pudimos haber sido. O te reprochan para que olvides ese momento y te dicen cómo sería todo si no hubiese cambiado un segundo de mi vida al mero remordimiento regado sobre el suelo en forma de llanto.
¿Cuándo fue la última vez que lloré? No lo recuerdo, pero las lágrimas que esparzo hoy valen más que todas las moléculas de sangre derramadas durante mi pasada vida. La sumisa melodía de quien se oculta en las penumbras, una forma de desobedecer la ley de la mortalidad, de apagarse si es inevitable, de sentir como solía hacerlo, de negar lo único que es anhelado, de disipar el agobiante hastío de la soledad, de derrochar el tiempo, de ser único, de dilatar, de admirar al reino mortal, de codiciar los corazones que palpitan, el aire que se puede respirar, la sangre que puede alimentar. No existe ningún redentor aunque advierta la presencia de otros, aunque desaparezca, auque permanezca remoto del mundo.
Ya no tolero las tinieblas, ya no ansío transitar entre las sombras, ya no quiero ser tan solo un espectro de la noche, ya no anhelo la eternidad, es tan doloroso tan sólo un día de soledad compartida que no creo poder soportar una eternidad de puras mentiras que se entremezcla con la sangre envenenándola, descubriéndote ya no vivo, hecha un muerto ambulante. Estando seguro de que todo lo que escuchas es el ruido del silencio que no es más que un estruendo aterrador del que no podes huir, no de esa forma, no con esa gente tan idéntica con entendimientos propios de ellos, que no comprenden lo insoportable que puede ser hallarse en silencio mientras la brisa helada de un antiguo sofisma roza tu piel y se escapa, se escabulle dejándote los recuerdos que siempre quisiste olvidar. Pero ellos siempre estarán y no los podrás borrar. No debí tratar de evitar esas cosas que creí sin valor, porque volvieron y lo hicieron con dolor.
La sangre como un néctar efervescente vuelve a manar, pero no puede saciar la sed de nadie porque nadie la quiere probar, todos la aborrecen, detestan mi aire porque no los puede satisfacer. Estos sentimientos humanos me apartan de todo punto de ebullición arrastrándome al drama litúrgico y ritual del no ser nadie, del no dar oídos a nadie. Él desprecia todo lo que tengo para decir y no tiene por qué derrochar su tiempo en mí, pero el tiempo es lo único que posee y ninguno de los dos lo puede sobrellevar.
¿Te importa si escribo palabras sin sentido que únicamente yo puedo interpretar y aunque quisiera que vos las percibas nunca te van a llegar al centro de vos mismo para que digas que valió la pena aunque sea una sola de ellas? Y si pienso que soy inaudita, que estoy apenada o desmoralizada, o si afirmo que no soy nada, pero nadando uno no se ahoga, ¿vos vas a argumentarme que no es así, que hay una salvación por que Dios te ama y bla bla bla? ¿Pensás que voy a tenerlo en cuenta después de que te opusiste a las únicas palabras que verdaderamente valían en mí? Pues, sí. Siempre voy a escucharte, no puedo negarte nada. Sólo mis recuerdos que, si me place, puedo suprimirlos porque aún preservo la única habilidad (nunca virtud) que no me arrebataste. No siento (pero lo creo) que pueda distinguirte cuando esté mitad inconsciente, sólo para escapar de mis sentidos o sencillamente pretender que no hace frío. Con vos no creo que pudiera imaginar como abandonar este manantial lleno de lágrimas estancadas que pronto me ahogarán.
¿Por qué habría de saltar y acariciar el reino celestial para arrasar con el desconsuelo, si aunque lo pretenda, no te puedo alcanzar? ¿Por qué ambicionaría fantasear que soy alguien en este cosmos intrascendente si de todas formas todos van a relegar de mí? Porque ya no me someto a vos, ya no dependo de nada ni de nadie. Pero no soy una sombra insubordinada que anhela ser encarcelada y condenada a ser un fragmento de esa colectividad conservadora que se te introduce por todas las aberturas del organismo y te exige extender bien tus oídos y vedar tus ilusiones. ¿Acaso ellos consiguieron sustraerte tus sueños? ¿Acaso vos les cediste tus sueños? De ningún modo, nadie puede cumplir ningún estatuto en el que los sueños estén involucrados, a menos que seas un cadáver vivo, un conquistado, un traidor de tu propio territorio, de tu propia sangre, de tu propio cuerpo marchito sin nada por qué existir y sin ningún cimiento en su interior que lo fuerce a circular entre las llamas, si de tus metas se trata. Pero sigo haciendo las cosas que alguna vez criticaba, dando verdades absolutas cuando no sé siquiera el significado de las preguntas, la verdadera esencia de qué es lo que realmente se pregunta, quién lo pregunta, si se pregunta por mí o por mi abstracta existencia basada en años de desafortunada nada, codiciosa nada. No comprendo cómo pude alguna vez codiciar algo y una vez que lo poseí, darme cuenta que no era nada, que mi cuerpo no era nada, que yo soy tan humana como cualquier otro ser que se arrastra sobre la superficie sin saber siquiera porque lo hace.
Me percato de que existí estos insuficientes años de inexperiencia, a continuación inocencia, luego sensatez y más tarde demencia y por último indecencia. Pero, ¿A quién le importa? De todos modos después de ser no subsiste nada, sólo son estúpidas miradas aparentando ser palabras. ¡Mentira! ¿Por qué intento convencerme de eso? Cada vez que lo pienso no tardo en descubrir que todo queda después de morir, no solo tu memoria y tus restos, también tu participación en el resultado humano y en la perfección. Como el que dio la iglesia al ser un grupo más de fabularios, Hittler al ser otro chivo expiatorio del montón, Shakespeare al ser un dueño y soberano de la palabra más en el mundo, Akira Kurosawa al ser un insulso reflector de fantasías más. Y la que sigue mintiendo aún soy yo engañándome al desgarrar esos cuellos puros llenos de vida que entre mis manos no son otra cosa que un nombre descreído que perdió la confianza en el mundo al saber que no es la única forma humana sobre la tierra y descubrir que hay mucho más de sobrenatural sobre toda la superficie del mundo, de lo que nunca jamás podrán descubrir con su ciencia en este mundo de magia.
Pero todos ellos fueron esclavos en algún momento de su vida y emperadores de su oportuna esclavitud, al igual que cada hormiga que suele reptar sobre la superficie de su madre Tierra, que le devuelve la sabia de su propio cuerpo moribundo a sus hijos condenados a una vida de ingenuidad. Porque mi madre jamás supo que yo debería alimentarme de su sangre para poder sobrevivir y que ahora lo único que deseo es volver al útero para chupar aquella ambrosía humana que no es otra que la del propio cuerpo putrefacto de la vida misma, que sabe que no será eterna y está consiente de que jamás lo será a menos que pueda traspasar el umbral de la vida y ser muerto en vida. Por eso todos pertenecemos a esta esclavitud que fue sentenciada por nuestros progenitores, nuestros compañeros, nuestros correligionarios, nuestros próceres, nuestros emisarios, nuestros revolucionarios.
Te estoy esperando para que vengas a reinar conmigo en el país de los esclavos.